sáb. Mar 23rd, 2019
  • La niña vidente es un icono de nuestra entidad, en su memoria se construyó una capilla.
  • Ricardo Ojeda, hermano de la niña, escribió antes de su muerte el texto que durante mucho tiempo ha circulado en todos lados.
  • En 2012 tuve la oportunidad de entrevistarme con Altagracia Ojeda, hija de Ricardo Ojeda, quien me donó todos los documentos relacionados a la niña vidente.

Por Gamaliel Valle Hamburgo

La minúscula Yrenea había nacido dos meses antes de lo normal, la niña nació cuando. Sus padres, un sargento licenciado de las armas y una mujer de avanzada edad, estaban azorados. La concepción de aquel pequeño había originado una avalancha de comentarios infamantes ante la familia:

—Se casó con ella para quedarse con el dinero y los animales que le dejó el difunto Ernesto. —Decía uno de los feligreses, que asistía a la iglesia de el Triunfo en donde el viejo párroco bendecía La Unión.

—A sus años, luego la va a dejar, cuando le agarre confianza y la deje sin dinero. —terció otra persona igualmente hiriente y morbosa.

En realidad, el enlace era muy disparejo, mientras Gregorio era un joven mozo de apenas veintitrés años, Ramona era una mujer madura, con hijos mayores que su joven segundo esposo.

Siete meses después, el 9 de Diciembre de 1934 las habladurías arreciaron, Ramona había dado a luz a una niña sietemesina de color blanquísimo, ojos verdes y cabellera rubia, la comadrona sintió terror al comprobar la evidente diferencia entre aquel ser humano y sus progenitores, decididamente, había algo extraño en todo esto.

Antes de su primer año de vida, Winter Yrenea ya había recorrido lo que un niño de cinco años, hablaba Claramente, caminaba y corría sin temor y titubeo y sus cabellos amarillos rojizos caían en bellísima cascada sobre sus hombros, los rumores no se hicieron esperar.

Yrenea era la encarnación misma del demonio, según el comentario general de las comunidades vecinas. El brillo de sus ojos verdes, parecidos a los de un gato fino, crispaban los nervios a los crédulos visitantes del rancho.

Cuando Ramona iba con sus hijas mayores a misa al mineral “El triunfo”, los niños huían despavoridos y las mujeres mayores se santiguaban, el médico del lugar se dio a la tarea de indagar el por que de aquella blancura extraordinaria, cuando sus padres eran morenos, de pelo negro y ojos oscuros.

Cuando la niña tenia tan solo tres años ya sabia leer y escribir, tocar el Violín y mantener platicas fluidas con otras personas, ademas enseño a leer y a escribir a otras personas sin que nadie le hubiera enseñado.

La vida azarosa de Yrenea empezó en el propio templo, cuando las personas se entregaban a la oración, siguiendo al párroco.

Era el 12 de diciembre de 1936 y La población celebraba a la patrona del mineral. De repente Yrenea se levantó posesa de terror y jalando la falda a su madre que de rodillas rezaba, gritó:

—¡Vámonos mamá se va a caer el techo!.

Tras los llantos de la niña, toda la familia salió sin embargo apenas flaqueaba la puerta mayor del templo.

Gregorio, Ramona y sus hijos salían y al bajar por los escalones, alcanzaron escuchar el estrepitoso derrumbe de la bóveda del viejo local, posteriormente el techo cayó sobre las veladoras y aquello se convirtió en una gigantesca hornaza.

Los gritos de dolor y el escándalo de los hombres por rescatar a sus familiares, produjeron una catástrofe de grandes proporciones.

Las autoridades fueron llamadas de inmediato y toda la población disponible participó en la búsqueda y salvamento de gentes. Al final, un ligero recuento produjo un resultado aterrador: habían muerto veinte personas aplastadas por el maderamen del Tejamamil y el número de heridos graves pasaba a un poco más de cincuenta.

Al día siguiente, cuando los cadáveres iban hacer sepultados en el cementerio del lugar, Ramona estuvo presente para acompañar a sus amigos dolientes, con satisfacción dio a conocer inocentemente que gracias a un milagro de la virgen, sus tres hijos y su marido, no había sufrido ningún rasguño al desplomarse el techo de la feligresía.

Eso fue motivo para que se iniciara el vía cruces de la familia Ojeda:

—Claro que no les pasó nada. —Dijo una llorosa vecina. —Si fue la fenómeno esa la que nos echó la mala suerte, Es el mismísimo diablo

personificado.

Ramona tuvo que montar de nuevo en su cabalgadura y huir del

cementerio con su hija en ancas. Hubo mujeres enlutadas que le arrojaron pedruscos al paso, mientras otras se antiguaban y escupían en dirección a la niña:

Ya en su casa, personas lanzaban piedras desde la calle.

—Esto se está poniendo cada vez más peligroso para nosotros. —Dijo Gregorio a su familia reunida para comer, tenemos que llevarnos a la niñita de aquí. Alístele su ropa para encargársela a mi madre en el Arroyo Hondo, allá va estar más segura.

A la mañana siguiente, Yrenea fue llevada por su padre al rancho de sus abuelos. El júbilo de doña Patricia, la anciana abuela, fue inenarrable. Tener ahí a la niña era un premio al enorme cariño prodigado a la nieta.

En tanto, en el pueblo creció el rumor que antecede a la tragedia. Flotaba en el ambiente la tristeza de los hechos y el preludio de otra tragedia mayor. Las mujeres comentaban en voz baja la supuesta culpabilidad de Winter Yrenea.

Sin embargo en vano recorría el sacerdote casa por casa aconsejando serenidad y resignación por lo ocurrido.

Hacía mucho tiempo que el padre venía insistiendo en la necesidad de regenerar el techo del templo. Habría sido una cruel coincidencia que se derrumbara precisamente el día de la virgen con la niña ahí:

—No había razón, —Decía el padre. Para culpar a esa niña, bautizada y confirmada ya.

Sin embargo, apenas el sacerdote abandonada una casa para entrar y crecía la inconformidad y la sed de venganza entre los moradores, en la noche, aprovechando la oscuridad.

La disimulada Doña Engracia, la rezadora, que hacía cabeza del temerario Pensó:

—Vamos a la casa de los Ojeda y quememos a la endemoniada esa.

Pasarse esa idea de una a otra persona, fue cosa de minutos, la molesta multitud marchaba horas después hacia el rancho de los Ojeda Rouyer, alumbrándose con hachones de Pitaya y lámparas de carburo, incluso gendarmes enlutados acudieron al rancho, otros más en automóviles y otros en carretas con grandes tibores llenos de gasolina, los Ojeda acorralados por la multitud y salvo dos de los hijos menores de Ramona, Fabian y Ricardo corrieron al arroyo a ponerse a buen resguardo, la pareja fue atacada con inaudita saña. Gregorio no quiso dejar sola a Ramona, cayendo víctima de la furia, después los cadáveres fueron arrojados al interior de la casa del rancho, y después aquello era una gigantesca hornaza que se avistaba en todas partes.

Los animales habían muerto, los caballos escaparon y las chivas fueron robadas, nadie pregunto por la niña, suponiendo que estaba dormida en el interior de la casa incendiada.

Las autoridades no movieron un dedo para castigar a la turba. Al pasar algunos días algunos periódicos llegados al Triunfo de la capital del distrito, casi justificaron la masacre, se declararon inútiles para investigar y pasados algunos

meses, aquello era tomado con gran tristeza por unos y con seguridad por los demás.

Meses después, Una mañana de Junio, Fabián y Ricardo hermano de Yrenea salieron del “Arroyo Hondo” a comprar ropa y calzado a la hermosa Yrenea en el Triunfo. Ignoraban el enojo popular en contra de su hermanita, pensaron que ya todo había pasado.

Algunos todavía no asociaban el parentesco de sus familiares, con aquella frágil muñequita de ojos verdísimos y la alegría de todos sus familiares.

Al pasar frente al templo, la niña se prendió de las manos de uno de los hermanos que la llevaba y se dirigió a toda carrera a la iglesia. El sacerdote, que arreglaba las flores se percató de la llegada de la pequeña Y sonrío amoroso, sin temor alguno, la niña se acercó al misionero y claramente el expresó:

—Hace ocho años. —La niña tenía solamente cuatro. —Unos soldados enterraron ahí cuatro tibores llenos de dinero, barras de oro y muchas más riquezas que recogieron entre las familias ricas del pueblo.

—¿Por qué no, lo desentierra para que con ese tesoro arregle el techo de la iglesia?

Dicho esto, al ser llamada a gritos por sus hermanos desde el atrio, salió corriendo para abandonar la población, el padre de la iglesia movido por aquel presentimiento que embargaba aún a los más avezados defensores de la realidad, señalo con un chorro de cera ardiente que rebosaba de un candelabro, el sitio señalado por la niña.

Algunos días después, con ayuda de tres gentes de confianza, cabo hasta dar, sin reponerse de su asombro, con no cuatro si no ocho grandes tambos petroleros llenos de joyas y barras de oro, cubiertos con lonas y liados con reatas. Nadie pudo callar aquel suceso.

Toda la población se enteró del hecho y los periódicos de todo el distrito hablaron del hallazgo, la iglesia se remozó completamente, se compraron nuevos objetos litúrgicos y el 12 de diciembre, precisamente a un año de la tragedia anterior, se celebró una concurrida misa donde se utilizaron una custodia de oro puro tachonado de piedras preciosas y un artístico púlpito labrado en mármol desde donde el sacerdote se dirigió emocionado al pueblo:

—Hijos míos, —Dijo a punto de llorar.

—Hace un año culparon a una inocente niña del desplome del techo del templo y manos criminales acudieron a rancho a incendiar a sus familiares, con la seguridad de que la pequeña moriría con ellos. La creyeron una encarnación de Satanás y la difamaron. Hace algunos meses estuvo aquí la niña y fue quién me señaló exactamente el sitio donde estaba el tesoro que todos ustedes supieron que fue extraído del subsuelo de este templo. Una niña del demonio, hijos míos, no entra a la casa de Dios, ni descubre tesoros para ponerlos en manos de la iglesia, la he traído de El Arroyo Hondo, en donde vive con sus abuelitos, para que juntos la perdonemos y le recemos a Dios por las infamias pasadas, por la sangre derramada y justamente por sus padres y sus hermanos y por el descanso de aquellos que murieron hace un año por una lamentable desgracia.

Un sin número de feligreses empezaron sus habladurías y la iglesia tan pronto de rodeo de miles de voces molestas, que hablaban una tras otra sin calma.

Una religiosa, asistente del sacerdote del pueblo, acompaño a la hermosa Winter Yrenea desde la sacristía hasta el altar y el sacerdote la exoneró públicamente de cualquier culpabilidad y supuesto trato con las fuerzas demoníacas, que injustamente se le atribuían.

Pasaron los días y las habladurías calmaron, pero no tardaría mucho para que todo continuara, así que decidieron irse del triunfo, por lo que se decía tenían que terminar con esa vida de criticas y odio hacia su pequeña hermana.

Andando el tiempo, las cosas volverían a la normalidad. Cuenta la conseja popular que meses después un ranchero volvía en estado de ebriedad a la comunidad de El Salto, al norte de El Arroyo Hondo. A la salida, en el tramo La Paz el triunfo.

La madrugada del 3 de octubre de 1940, de un enorme árbol de ciruelo que predominaba en la llanura que rodeaba aquel rancho de los Ojeda, le salto a la cara un enorme gato montés que a zarpazos y mordidas lo tiro de la cabalgadura. En tanto daba voces de azoro en busca de auxilio, saco de su arzón algún filoso machete y respondió sacando fuerzas de flaqueza los ataques del felino.

Fueron tantos los machetazos que logró darle, aprovechando la claridad de la luna, que cuando considero muerto al animal, huyó velozmente del lugar sin decir nada a los moradores del rancho, que a los gritos de ranchero había salido con lámparas de petróleo a ver lo que ocurría.

Por la mañana, hermanos de Winter Yrenea descubrieron aterrados que la niña no estaba en su camastro, la llamaron a gritos, diseminándose por el monte su búsqueda, fue Fabián quién, habiendo tomado un atajo por detrás del corral, descubrió horrorizado el dantesco espectáculo.

Descuartizada, confundidos sus revueltos restos entre un enorme charco de sangre coagulada, estaba Winter Yrenea, espeluznantemente rígida, Mantenía sus hermosos ojos verdes abiertos y a pocos metros del cadáver, Un enorme machete de cacha negra con el filo sangriento y pedazos de mechones de pelo amarillo rojizo en sus bordes.

Las autoridades del territorio sur fueron llamadas. El cuerpo no pudo ser velado, por el estado en que fue encontrado.

Al ser colocado el modesto féretro en el fondo de la fosa abierta a cincelazos en el Cementerio del el Triunfo, el sacerdote musitó entre sollozos la oración que debió acompañar aquél misterioso ser hasta su última morada.

La historia anterior fue narrada por Ricardo Ojeda, hermano de Winter Ojeda en 1945.

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